jueves 19 de noviembre de 2009

Muertes convergentes

Martina encendió un cigarrillo antes de levantarse del sofá, exhaló la primera calada dando un suspiro y se dirigió hacia el balcón. El aire fresco la sentó bien. Ya no lloraba, pero aún tenía los ojos enrojecidos y el maquillaje estropeado por las lágrimas. No le entraba en la cabeza que las cosas hubiesen llegado a ese punto. Había sido muy feliz junto al hombre que estaba sentado frente al televisor bebiendo cerveza. Había sido feliz a su lado, pero ahora su sola presencia le amargaba la existencia. No podía soportar su apatía, su falta de entusiasmo y la escasez de voluntad para cualquier cosa que no fuese ver la tele y beber. No toleraba sus comentarios, su respiración, sus ronquidos, su olor corporal, sus patéticos intentos de acercamiento cuando los escasos impulsos de deseo sexual le impelían a una aproximación que, invariablemente, era rechazada. Del amor al odio hay un abismo, distancia que pacientemente se habían afanado en recorrer durante los últimos años. En verdad Martina no había pedido tanto: sólo un hombre que le diese cariño atenciones y paz, tener un trabajo y un hogar, y finalmente hijos, una familia normal; no era mucho pedir ¿no?
Pero ahora la materia de sus sentimientos estaba hecha de desprecio, asco y hastío. Y cada día que se sumaba al calendario de su vida en común no hacía sino acrecentar su rabia. A esto le habían llevado la indolencia, los desplantes, la falta de muestras de cariño, su indiferencia por ella. Y le había querido mucho, sin condiciones, casi con veneración, pero en otro tiempo. Ocurrió con tal lentitud, en un plazo tan amplio, que en realidad Martina no pudo darse cuenta sino cuando el desamor fue ya un hecho consumado, cuando nada pudo hacer para remediarlo. Cuando el cambio es tan paulatino como la variación del genoma de una especie, entre una y otra mutación apenas se observan diferencias, si es que pueden advertirse; pero al irse acumulando en el tiempo comienzan a ser patentes las divergencias, sin haber sido advertidas a lo largo de las alteraciones intermedias. Así mutó el amor de martina en odio.
Acabó el cigarro y con la colilla del anterior encendió otro.

Jorge sorbió con pausa un largo trago de cerveza, sin tan siquiera reparar en la presencia de Martina. No estaba borracho, aunque si en un ligero estado de ebriedad suficiente para aplacar su espíritu y mantenerlo pegado al sofá. No quería a Martina; no la había querido nunca. De ella lo atrajo su físico y su elegancia. Era exageradamente guapa y elegante, poseedora de un cuerpo que, sin ser demasiado voluptuoso: irradiaba una sensualidad, una atracción, un magnetismo fuera de lo común. Cuando caminaba por la Calle Real, las miradas masculinas convergían con unanimidad en un punto: el que trazaba la trayectoria de sus caderas avenida arriba. Lo que más animó a Jorge fue el hecho de que la pieza más codiciada y pretendida del barrio (y de la ciudad) se hubiese interesado por él, que nunca hizo un esfuerzo patente, todo lo contrario que el más que nutrido grupo de pretendientes, que formaban legión. Para rematar, Jorge se encontraba solo. Solo, solo. Del todo. Solo en casa, solo en su trabajo, solo en los bares, solo en la playa, solo en una ciudad extraña y distinta entre cuyos habitantes se sentía solo, rodeado de gentes con quienes no compartía nada, donde había llegado sin intención de quedarse, siempre en busca de nuevas perspectivas. Con ella fue entrando en una confortable rutina de citas, copas, restaurantes, cines, paseos, conversaciones banales y sexo, en un cómodo estupor, cálido estancamiento propicio a la putrefacción de sus aguas. Era lo más distinto a la vida que había deseado llevar él, viajero, aventurero, hombre de amplios horizontes y espíritu soñador que así dejó descomponer su mundo hasta que un día se dio cuenta del tufillo que la podredumbre de su existencia emanaba.
Ahora, sin encontrar la forma de escapar, se limitaba a dejar pasar los días soñando con montañas y océanos, pero sin dejar de beber cerveza y mirando al televisor aunque sin verlo.

Manuel caminaba con su novia de la mano por la Calle Real. Bien vestido, la camisa tersa, estirada con un planchado impecable, tan justa y con el cuello tan abierto que casi dejaba asomar los enormes pectorales que pugnaban por romper los botones y remangada casi hasta el hombro permitiendo lucir unos poderosos bíceps. Los bruñidos zapatos relampagueaban a cada paso, aflojando el ritmo o incluso deteniéndose cuando su portador pasaba delante de un cristal donde verse reflejado, oportunidad que siempre aprovechaba para recomponer algún detalle de su aspecto o forzar los músculos en la medida adecuada para exhibirlos. Atendía con obsesión su fachada, cuidándose mucho de que las sumas que gastaba en la indumentaria comprada en las mejores boutiques de la Calle Real se viesen bien reflejadas en ostentosos logotipos.
Como siempre había querido lo mejor y Alicia era la chica más deseada de su instituto, le pareció natural no aspirar a un objetivo menos valioso. A la postre, era hija de uno de los mayores potentados de la ciudad, a quien desde niña nunca faltó de nada, desde los colegios más caros hasta los caprichos más extravagantes. Acostumbrado a obtener lo que le antojase, realizó el despliegue de toda la artillería de su donjuanismo hasta que, después de una larga serie de ofensivas y repliegues, conquistó su objetivo. Pero andando el tiempo no estaba tan seguro de haber hecho bien. Todo su afán era conocer a una chica, casarse, comprar un chalet con piscina en una urbanización del extrarradio, continuar con la tarea de amasar la pequeña fortuna legada por su padre y tener hijos que dieran continuidad al negocio familiar, como solía decirle su progenitor. Esos eran sus horizontes. Pero Alicia, incomprensiblemente, tenía otros. Lo que menos se explicaba Manuel era la falta de práctica de sus ideas. No le cabía en la sesera que se empeñase en viajar a aquellos países tan raros, tan sucios, tan polvorientos, a ver piedras viejas y comer potingues especiados hasta el delirio. No comprendía el entusiasmo que derramaba caminando hasta el agotamiento por aquellos senderos entre montañas y tierras de nombres tan difíciles de pronunciar, comiendo poco y descansando mal. Era absurdo que encontrase placer en dormir al raso expuestos a los insectos y las alimañas, pudiéndolo hacer en un buen hotel, al calor de una acogedora chimenea y disfrutando de jacuzzi, marisco y champán. La última extravagancia de su pareja lo tenía perplejo: le había propuesto comprar un buen velero -podríamos conseguir uno a buen precio aprovechando la crisis-, para lanzarse a la aventura durante un año –sabático, decía ella-. Joder, ¿es que no tienes suficiente con salir de vez en cuando a dar un paseo por La Marina, al cine, disfrutar los fines de semana de la playa, de unas copas en la discoteca, o de tus clases de equitación y música? Con toda la gente interesante que conoces gracias a mi: empresarios, políticos, altos funcionarios… no se, podrías sacarle algún provecho. En los mejores restaurantes, las mejores tiendas, los mejores locales nocturnos, en el club náutico –es cierto que no tenemos barco, pero es que allí nos codeamos con lo más granado de la ciudad-, nos llaman por nuestro nombre. ¿No estás satisfecha? ¿Qué más quieres?
Joder, tenía que haberme engominado más el flequillo… hostia, que camisa más chula, ¿te gusta? Voy a probármela.

Alicia entró en una tienda de ropa, de las más caras, cogida de la mano de Manuel. Una vez dentro del local aspiró una profunda bocanada de aire y la expiró en un clamoroso suspiro acompañado de un mohín de fastidio, haciéndolo muy evidente por si a alguno de los presentes no le quedaba claro que estaba allí muy a disgusto. La estirada dependienta le dedicó una mirada cargada de indudable desprecio, pasándola revista de arriba abajo y negando levemente con la cabeza, tras lo cual asió a Manuel del brazo y, deshaciéndose en elogios, lo acompañó a ver lo mas chic de lo mas cool –según sus propias palabras- de la última colección llegada de Italia.
Conocía a Manuel casi desde que aprendieron a hablar, sus padres solían hacer y recibir frecuentes visitas de los suyos, crecieron en la misma guardería, asistieron al mismo colegio y se graduaron en el mismo instituto. Pero nunca había albergado hacia él otro sentimiento que indiferencia. Llevaba toda la vida pavoneándose de sus musculitos, de sus éxitos como capitán en el equipo de fútbol local, del dinero de papá -que en realidad no era tanto-, de su apartamento en el sur (en primera línea de playa), de sus conquistas, de sus trajes, de su deportivo, en fin, de todo, porque lo que en realidad veía en él era eso: un pavo desplegando su cola de multicolores plumas. En ocasiones le parecía ridículo y payaso. Sin embargo, de improviso, Manuel le empezó a parecer otra persona: educado, atento, cariñoso y sensible, casi profundo incluso. Esta otra cara de la moneda que nunca había visto en él, la dejó descolocada e indefensa. Y poco a poco se la fue ganando con sus, en apariencia, recién adquiridos educación, atenciones, cariño y sensibilidad. Pero con el transcurrir del tiempo resultó ser todo espejismo y llegado al punto de inflexión de una hipotética curva ascendente hacia el corazón de Alicia, cuando él pensaba que ya estaba todo hecho y que su vida iba tomando el rumbo que más o menos había establecido, los valores que ella apreciaba comenzaron a decrecer, regresando gradualmente su personalidad a los niveles anteriores, a la rutina, banalidad, el egocentrismo, narcisismo y vacío que tanto asqueaban a Alicia. Tornaba a parecerle un ser ridículo y sin substancia, volvía a ver únicamente un penacho de plumas de irisados colores.

Martina pagó su cigarro mirando, desconsolada, a la gente pasar.

Jorge apuró la cerveza y apagó el televisor.

Manuel salió del comercio sonriente, alisándose el engominado cabello sobre las sienes, sin preocuparse en ceder el paso a su novia.

Alicia dejó cerrar la puerta tras de sí, aburrida y cansada, aliviada por la brisa fresca.

Martina alzó una pierna por encima de la baranda, luego la otra, y permaneció unos segundos suspendida de sus delgados brazos, de frente a la calle. Jorge, que no podía creer lo que estaba viendo, lanzó un grito de pánico y, saltando como impulsado por un resorte, corrió en dirección al balcón con el rostro desencajado. Ella, con absoluta tranquilidad, abrió las manos y se dejó caer.
Manuel, cargado de bolsas, alzó la vista al oír los terroríficos alaridos que procedían del balcón de una de las muchas torres que cercan la Calle Real, en el momento preciso en que un rostro hermoso y sereno se dirigía hacia él con la velocidad que le imprimía la fuerza de la gravedad. En esa fracción infinitesimal que medió entre ver aquel semblante angelical y ser espachurrado contra el adoquinado por aquel delicado cuerpo, supo con toda certeza que estaba ante la mujer de su vida.
Martina, en los momentos inmediatos al impacto, vio la expresión de incomprensión de Manuel viéndola venir hacia si y se enamoró instantánea y profundamente de aquél hombre, antes de precipitarse sobre el y morir en el acto.
Jorge se asomó al balcón profiriendo aullidos de desesperación, llegando a tiempo para ver la macabra estampa que ofrecía el cuerpo de su novia despanzurrado en la calle sobre el cuerpo de un hombre desconocido. A su lado, una mujer visiblemente traumatizada, lloraba y gritaba sin saber que hacer, observando la misma desagradable escena, impotente. Pero el destino continuaba jugando caprichoso: converger sus miradas y serenarse sus semblantes fue todo uno. Permanecieron mirándose a los ojos durante un tiempo confuso, sosegados, plenos de paz, contemplando serenos a la persona a quien ya, desde ese momento, estaban amando.

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(Recortar por la línea de puntos)


Final alternativo, para dar un poco más por culo a todos, no solo iba a joder a dos, ¿no?

De repente estalló la bomba. La onda expansiva recorrió la Calle Real en todas las direcciones, destruyendo todo lo que encontraba a su paso y segando la vida de varios cientos de personas en lo que aún se considera el atentado más sangriento e indiscriminado de la historia del país. El FPLJ reivindicó la masacre que asesinó el amor entre Jorge y Alicia.

viernes 16 de octubre de 2009

El Hombre y la Tierra

El hombre y la Tierra

Renegáis de vuestros orígenes. Me despreciáis porque de mis paredes no penden títulos ni diplomas, sino herramientas. Camináis entre árboles prisioneros del asfalto. Vuestros pies no hoyan la tierra por no ensuciar vuestros bruñidos zapatos. Construís puentes, túneles y carreteras. Desviáis los cursos de agua y hacéis retroceder al mar. Viajáis al espacio y al fondo del océano. Os creéis dioses, míseros mortales. ¿Domináis la naturaleza? No: simplemente estáis destruyendo la parte que os acoge, parcela minúscula del Universo del que os pretendéis centro. No pensáis en vuestros hijos ni en vuestros nietos. No respetáis a vuestros ancestros. Mas tampoco vivís el presente, angustiados por el futuro y afligidos por el pasado.

No conocéis el lenguaje de los astros, los vientos, las mareas y el bosque.

Creéis entender porque creéis saber explicar. Podríais pasar mil años leyendo y comentando a vuestros filósofos sin llegar a comprender ni siquiera la superficie. Pedantes. Cargados de afectación pregonáis su mensaje y os explayáis en interpretaciones. Ignorantes. Pretender explicar no es conocer. Deben estar riendo en el infierno, recreándose en vuestra ignorancia. Ilusos.

No sois nada, y creedme: esto continuará con o sin vosotros; así ha sido durante millones de años.

Haced lo que queráis: la naturaleza encontrará otra forma de tomar conciencia.

“El hombre es la naturaleza tomando conciencia de sí misma”

Elisee Reclus, “El hombre y la Tierra”

lunes 12 de octubre de 2009

¿Qué hago con los recuerdos que no me pertenecen?

En ocasiones me asaltan recuerdos que no me pertenecen. No sé de dónde provienen, aunque lo supongo. Cuando llegan son como señales que de alguna manera me abordan desde alguien cercano, se me meten en la cabeza y juegan con mi memoria. Nunca son ideas o pensamientos, sólo recuerdos. Cuando cualquiera pierde un recuerdo alegre, se vuelve un poco más triste. Lo mismo ocurre al contrario: ésa es la pista. La cara no es el espejo del alma, sino el reflejo de sus circunstancias. Así que, cuando se da este fenómeno, busco con disimulo a su dueño y no me resulta difícil dar con él, porque se lo noto en la cara.
Para mi alivio, no es algo constante; puede pasar cierto tiempo hasta que aleatoriamente alguno da conmigo y se me introduce, me hace poseedor de sí. Tampoco tienen todos la misma nitidez: algunos son viejos, tenues, descoloridos, como las viejas películas de los antiguos cinematógrafos; sin embargo, otros son vívidos, claros y diáfanos, como en alta definición. Aunque no sólo son imágenes: también hay olores, sabores, sonidos, sensaciones.
He llegado a la conclusión de que son recuerdos que escapan de los cerebros que los alojaban: aquello que la gente olvida. Puede parecer una necedad, pero no encuentro otra explicación. Intuyo que dan la espalda a la memoria de sus dueños, por ignorados, y flotan vagando por ahí hasta que dan con quien los acoge. Preguntarme cómo soy yo capaz de captarlos o ellos de introducirse en mí sería fútil, intentar explicarlo divagar en conjeturas, y de poco provecho tratar de comprenderlo; además, no tengo ganas. Ocurre, y ya está. Recojo recuerdos que los demás dejan escapar. Para hablar con propiedad no los recojo, sino que los encuentro. O ellos me encuentran a mí.
En un principio era entretenido, no se, como asomarte a la ventana de la vecina o espiar por el ojo de la cerradura. Pero ahora inicia a preocuparme. Lo que me desasosiega es la manifestación del siguiente fenómeno: cada vez que una remembranza ajena se instala en mi, aparta de su lugar a una propia, le usurpa su espacio y ésta huye. Y eso ya si que no. Estoy empezando a recordar el pasado de multitud de personas y entretanto olvido el mío.
¿Quién se está apropiando de mis recuerdos? ¿Por qué ya no quieren los suyos? ¿Y que hago con ellos? Historias, doctor, con cada recuerdo construyo una historia. Y la escribo. Pero tengo que darme prisa en escribir la mía… ¿Doctor?… ¡Doctor!…

¡¡Doctor!!… ¿Quiénes son esos señores con batas blancas? Pero… ¿Qué hacen? ¿A dónde me llevan? ¡Suéltenme!

martes 29 de septiembre de 2009

Huevos a la flamenca.


¿A dónde van los recuerdos?
¿A dónde van las fotos de la caja de galletas?
¿A dónde va aquello que sucumbe a la purificación del incendio?
¿Y al tiempo?
¿A dónde van?
¿A dónde va la memoria de los viejos y de los moribundos?
¿Y la de los muertos?
¿A dónde va lo que olvido?
¿A dónde va?

¿A dónde va la infancia, el amor, las ilusiones y las esperanzas, los proyectos, las experiencias, las lecturas, la música, las historias, las mentiras y los secretos, los besos, lo dicho y lo callado, los paisajes, lo trabajado, la añoranza, los amigos, los atardeceres, el sexo, las sensaciones, el frío, el calor, lo dulce, lo amargo, el tacto tibio de tu piel? ¿A dónde van?

Hace ya muchos años -si, ya el tiempo pasado empieza a computarse como mucho- regresó mi madre un día a casa con un puñado de fotografías antiguas -¿qué distingue lo antiguo de lo viejo?- que alguien había arrojado a la basura. Sólo era un crío, pero recuerdo el hecho con la nitidez con que sólo las vivencias intensas hacen mella en la memoria. Fotografías de familia, importantes hitos en la vida del común: la primera comunión, la jura de bandera, la boda, el bautismo de los hijos. Resumen en sepia de toda una vida.

Toda una vida.

Una vida.

La vida de un hombre que rió, lloró, amó, sufrió, besó, fue feliz y desdichado. La vida de un hombre. Un hombre que fue niño, fantasía, juego, amigo, proyecto y futuro. Miré a los ojos de aquel hombre sin alcanzar a comprender la razón de que su recuerdo hubiese terminado en el olvido de un contenedor de basura. Me contó mi madre que sus herederos desecharon todo aquello de lo que no pudieron obtener un beneficio económico. Al final, un cartel con letras negras sobre fondo rojo, un número te teléfono. Se vende. Sentí una rabia y un odio profundos hacia aquellas personas que hoy hoyan esta tierra gracias a que él, en otro tiempo, amó. Miré a los ojos de aquel hombre vestido de uniforme, la mano derecha sobre la izquierda y ésta sobre una silla tapizada, el fondo de nubes pintadas sobre lienzo, galones de cabo en los puños. Miré a los ojos del hombre y lo ví vivo.
Aquello causó en mi una extraña conmoción. Aunque, con el tiempo, también lo olvidé. Hoy no se que fue de aquellos retratos –todo eran retratos: la fotografía en aquel tiempo era un lujo que sólo se podían permitir para inmortalizar los momentos cumbre-. ¿Dónde están sus recuerdos? ¿Dónde está su vida? ¿A dónde ha ido? Puede que la única memoria que quede de él sea yo. Que triste. E inevitable, también.

¿Qué será cuando perdamos la memoria? Aquello que no recordamos, ¿deja de existir? Tengo treinta y cuatro años y una amnesia selectiva y traviesa juega conmigo. Rememoro con intensidad experiencias tremendamente lejanas y aparentemente carentes de importancia y, sin embargo, me cuesta gran esfuerzo retener un nombre, recordar dónde dejo las cosas o qué era aquello tan importante que tenía que hacer hoy. Trato de pensar que no deben ser tan importantes cuando mi cerebro las desecha, pero no: más a menudo de lo que quisiera, olvido cosas trascendentales… y no tanto.

No puedo dejar de resistirme a creer que cuando desaparezca el último hombre, desaparecerá la memoria. Y todo terminado. Fin. The end. Pero es lo que pienso, qué le voy a hacer.

La memoria, ¿a dónde va?

Ayer se me estropeó un disco duro. Pasa que hay cosas en las que no nos detenemos a causa de una indiferencia que nace de la costumbre y, sin embargo, deberían tener capacidad de asombrarnos. Un disco duro es un dispositivo de almacenamiento de datos del tamaño de una caja de tabaco. Y en él cabe una vida. Unos y ceros. Una vida. La hostia, unos y ceros, magnetismo e impulsos eléctricos. Fotografías, ideas, pensamientos, relatos, imágenes, recuerdos. Cosa de magia, en una cajita. Unos y ceros. La pregunta del informático, gurú de nuestro tiempo, fue si había copia de seguridad. Copia de seguridad, válgame Dios. Si tal cosa hubiese hecho, no estaría ahora suplicando tu intercesión. Mal apaño, sentencia. Veremos que se puede hacer, remata. La frase, más propia de un mecánico o un médico que de un sacerdote, desata mi desconsuelo. En tus manos pongo mi memoria. Ofreceré algún tipo de sacrificio al dios Bit o a la diosa Copia de Seguridad, para que me sean propicios. ¿Y mi copia de seguridad? Quizá en un futuro llegue el día en que, al regresar a casa, vuelque la memoria en un disco duro que me permita,mas adelante, trascender. No se, quizá así, cuando muera, estaré menos muerto. Y más inmediatamente, sabré donde tengo las cosas. Y cuándo es tu cumpleaños. Qué jilipollez.

Hace tiempo salí con una mujer que estaba segura de ser la última reencarnación de una larga serie de personajes. Puede ser, pero no lo se, ni creo que ella tampoco. Debe ser cuestión de fe, algo de lo que también carezco, a pesar mío. Ni Dios ni Buda, ni infierno ni paraíso; voy listo. No creo en una conciencia universal, un ser superior ni creador. Mis dioses son la naturaleza y el tiempo, y ambos caminan en un solo sentido. La única trascendencia posible será mi recuerdo, algo que tarde o temprano caducará, como la memoria del hombre de las fotografías: abocado a la extinción, en términos absolutos. Aristóteles puede haber trascendido algunos miles de años, pero no escapará tampoco. Ni la ciencia, ni la historia, ni la literatura, la música o el cine. Las columnas del templo de Atenea terminarán sucumbiendo, testarudas en su terco desafiar al tiempo. Ni naufragio, ni problema existencial: hechos. Recuerdo algo leído hace –mucho- tiempo, alguien decía que, si tuviera la opción, elegiría reencarnarse en videocasette: todo grabado, la posibilidad de borrar lo malo y rebobinar a su antojo lo bueno (como los momentos que paso contigo), una y otra vez. Pero no, no tengo esa fe, que jodienda.

Quizá de ahí provengan tanto mi melancolía como mi energía vital, que se alternan con una periodicidad que acojona. Y ambas tienen su sentido, su función: enseñarme a saborear cada momento como algo irrepetible. Por ejemplo, los huevos a la flamenca que tengo ahora delante. La ocupación es vivir (preocupación es otra cosa: pre-ocupación, ocuparse-antes-de). Me alegra ver que hay quien piensa que soy como un niño, pero no es suficiente: quiero serlo. Y hay quien se extraña y lo critica por no entenderlo. Allá ellos con sus hipotecas, sus recibos y sus facturas. Algún día los orines y la maleza invadirán sus casas ruinosas y vacías; alguien arrojará sus fotos a la basura. El disco duro petará y todo habrá acabado. Como el de los dinosaurios, los mamuts, los neandertales y el hombre de la fotografía. ¿Y a dónde han ido? Andandarán.

En fin.

Están cojonudos estos huevos a la flamenca.
Y... ¿A dónde irán?

miércoles 2 de septiembre de 2009

Paquita


Paquita deposita con cuidado el último plato limpio en el escurridor, sin dejar de mirar por la ventana. Entrelaza sus manos por delante del delantal mientras observa el mundo a través de la ventana. Tres veces por semana goza de este momento de quietud y contemplación: lunes, miércoles y viernes, días en los que trabaja unas horas en el pequeño apartamento de un hombre soltero que no tiene tiempo o ganas para ocuparse de las tareas domésticas.

-Paquita, mujer, usa el lavavajillas, que se te van a estropear las manos.
-¡Ay, señorito! Una ya está mas que acostumbrada-. Le muestra las manos hinchadas, callosas, enrojecidas, rugosas por años de trabajo físico. -Además, no sé ni como se enciende.
-No me llame señorito, mi nombre es Luis.
-Si, señorito como usté diga.

Paquita piensa que jamás hombre alguno la trató con tanto respeto, mucho menos un desconocido; "El señorito parece un santo".

-Paquita, usa la aspiradora, y la mopa, mujer, que te vas a deslomar.
-Señorito, ya estoy acostumbrada.
-Me llamo Luis, Paquita.

Mira por la ventana y a través del cristal ve un mundo soleado en abril. Los niños juegan y ríen en un parque infantil bajo la mirada condescendiente y risueña de unos padres abrazados, que se besan en los labios y se miran a los ojos.

-Paquita, descansa un poco, mujer, tómate un refresco, relájate.
-¡Ay, señorito! Ni tiempo tengo. ¡Y que vergüenza, coger el dinero de usté por estar sentada!
-Me llamo Luis, Paquita, y está todo muy limpio.

Si usté supiera, señorito, que mis prisas son por visitar a mi hijo, que cumple en la cárcel. Cuatro años por un robo con violencia. De eso no le faltaba no. Incluso me levantó la mano más de una vez, a mi, a su propia madre, por no querer darle para la maldita droga, por culpa del mono ese. Al zoo le mandé una noche, señorito, con su mono. Y el a mi a urgencias, con la nariz rota. Ya ve usté, una caída tuve que decir.

-Un día de estos de va a poner usted guapa, Paquita, y vamos a salir juntos al cine, o al Retiro, o a un baile.
-No diga usté tonterías, señorito, ¿dónde va a ir usté conmigo? Una buena mujer, de su edad es lo que le hacía falta, que bien le vendría, en vez de reírse de una pobre vieja.
-Me llamo Luis, Paquita, me duele la boca de decírselo, y me sentiría orgulloso paseando por Madrid con usted del brazo.
-Quite, quite, quién me vería-. Se sonroja y se da la vuelta, apurada, pasando el plumero por donde ya lo había hecho antes.

Definitivamente es un buen hombre; que distinto de mi marido, ¡que Dios lo tenga en su gloria! Me cruzaba la cara día si y día también, estuviera borracho o sereno, y por la razón mas simple. Treinta y cinco años recibiendo estopa a diario, ya ves tú, una niña era cuando me dió el primer sopapo la misma noche de bodas. Mire ustè que vida, ni los perros. Y mi padre lo animaba: "un par de buenas hostias a tiempo, Manolo, y derechita como una vela: mira la mía". En fin, que vida ésta.


El viernes pasado Luis esperaba a Paquita con un vestido nuevo y unos zapatos flamantes ¿de dónde sacaría las tallas? Subieron en un taxi, como señores, y fueron a dar un paseo al retiro; no se soltaba de su brazo. La invitó a merendar, después fueron al cine a ver una película muy romántica y con un final muy feliz, como le gustan a ella. Ya de noche la acompañó hasta su casa, también en taxi -si mis vecinas me ven-. Incluso tuvo el detalle de bajarse antes y abrirle la puerta.

Hasta ese día, Paquita no había tenido una primavera.

Hoy mira el mundo a través de la ventana del apartamento de José, la loza fregada y todo en orden, y sonríe, y canta.


Hoy sabe que abril existe, ahí, detrás de ese cristal.
(El dibujo es de Rosa Marrero, desconozco el título)

El violinista de la plaza Santa Ana.

El violinista, sentado sobre un banco de la plaza, cuenta las monedas apilándolas en pequeños rimeros de igual altura. Las saca del sombrero, y cuando tiene un montoncito de la misma talla que los otros, comienza uno nuevo. En este momento es cuando dudo si el lamento de sus notas, la pasión del movimiento del arco, el llanto de sus melodías... es tal, o simplemente la música es simple herramienta, mero útil de de trabajo o, peor, instrumento de avidez y codicia.
Reúne los montoncitos en una talega, sonriendo al palpar el volumen del metal ocupando la bolsa.
Tras recoger su impedimenta (un violín descascarado, una mochila y un sombrero sucios), desaparece en la penumbra del bar más mugriento de la ciudad.

jueves 13 de agosto de 2009

EL hombre invisible

sábado 8 de agosto de 2009

El lado frío de la cama.


Leías con atención, el mundo te era ajeno. Tu cabello liso, moreno, se balanceaba a la altura de la barbilla al compás del traqueteo del vagón. Tus labios dibujaban una mueca risueña: la lectura te era grata. Sobre tus rodillas unidas, un bolso pequeño y sobre él las manos cruzadas sosteniendo el libro. Me gustaste mucho: me llamaron la atención tus rasgos suaves, tu nariz pequeña, el rictus alegre de tu boca y tus poderosos ojos marrones, tu sencillez en el vestir.
De vez en cuando alzabas la mirada sobre el libro y con un leve giro de tu cabeza dejabas vagar tu mirada en el paisaje nevado, los prados, las montañas, los encalados pueblitos que íbamos dejando atrás irremediablemente. Me deleitaba ante el descubrimiento de tu cuello delgado y moreno.
Yo regresaba del norte sucio y barbudo, cansado. También aparentaba leer, pero era incapaz de retener dos frases seguidas: sólo podía mirarte, acaparabas toda mi atención. Ni ganas tuve de fumar en las siete largas horas que duró el viaje.
El tren llegó a Atocha puntual. Exhalaste un suspiro profundo mientras recogías tus cosas, y al cruzarte conmigo en el pasillo me dedicaste una mirada y una leve sonrisa. Si el mundo se hubiese acabado en ese preciso instante, ni me hubiera importado.
Me colgué la mochila al hombro y recogí mi bordón, resignado por la inminencia del fin de mi viaje.
Al subir al cercanías volvió a desaparecer mi cansancio cuando entre la sorpresa y la incredulidad volví a verte en el vagón. Permaneciste con la cabeza apoyada en el cristal, observando las luces de Madrid, mirando con curiosidad, como si no conocieses la ciudad o volvieras después de mucho tiempo, el necesario para transformar lo que un día nos fue familiar y cotidiano. Hasta que te quedaste dormida, y en la placidez que el sueño reflejaba en tu rostro descubrí que me estabas haciendo llegar al borde de la más intensa felicidad. Dormiste permitiéndome recrear en tu imagen, abriendo levemente los ojos en cada estación para luego volver a sumergirte en tus sueños, hasta que el tren se detuvo definitivamente.
Inspiraste hondo para volver a suspirar notoriamente. Bajamos de aquel vagón solitario, sumergiéndonos en el frío seco de la noche meseteña, y me pareció natural ver como nos dirigíamos hacia la misma parada de autobús. Te ayudé a introducir tus bultos en el maletero y le pedí al conductor dos billetes para el mismo destino: uno para ti y otro para mí. Esperé a que eligieses un sitio para inmediatamente sentarme a tu lado, aunque creo recordar que éramos los dos únicos pasajeros. No tuve pudor alguno en continuar mirándote descaradamente mientras el autobús devoraba kilómetros de la autopista. ¡Parecía tan irreal tu hermoso reflejo en la ventana mezclado con las luces externas de la carretera y las ciudades!
Ya me estaba comenzando a vencer el sueño, aún absorto en tu perfil, cuando el autobús se detuvo en la parada y las puertas se abrieron con un bufido, invitándonos a salir, expulsándome del paraíso.
Paré con desgana a un taxi que nos condujo hasta el portal del viejo edificio de ladrillo visto y acarreé tus maletas hasta la puerta. No nos dirigimos la palabra en el ascensor; los segundos que tardó en alcanzar la tercera planta se me hicieron eternos mirando la pantalla: cero, uno, dos, tres. Entramos en el apartamento oscuro y frío y su olor me hizo rememorar la soledad y el hastío.
Algunas veces pienso que perdí la oportunidad de conocer a aquella preciosa muchacha que coincidió conmigo en un vagón del Talgo en el que regresaba de La Coruña, de la cual me enamoré locamente y de quien no he vuelto a saber nada.
Ahora duermes a mi lado roncando y hablando en sueños, de vez en cuando te permites la licencia de soltar alguna ventosidad esporádica que ya no me hace puta gracia.

Mientras, yo me desvelo como casi todas las noches, en el lado frío de la cama.

viernes 24 de julio de 2009

Delirium insomne




El buitre sostiene un reloj de bolsillo en una garra. Mira el reloj y después me mira a mí.

El rostro de mi padre me observa desde el retrato en la pared con gesto reprobatorio.

El aullido de las sirenas, las alarmas de los coches, la campana del reloj, el silbido de la tetera, el despertador, el griterío de los niños a la entrada del colegio (a las cuatro de la mañana de un tórrido mes de Julio), el violinista, el puto violinista.

Todos los perros de la ciudad se han confabulado esta noche para aullar al unísono; los grillos les corean.

La mancha del techo ha vuelto a cambiar de forma: hoy es un dios desconocido.

Niños muertos debajo de la cama, macilentos, pálidos. Sus inexpresivos ojos vidriosos también me miran.

El violín... el maldito violinista que toca una y otra vez la misma melodía fúnebre que me recuerda a Bach.

Dado todo por perdido me levanto de la cama, abro el armario y saco el fusil, lo cargo con un cartucho blanco y rojo, apoyo el culatín en mi hombro, acerco la cara y fijo al violinista en el punto de mira. El disparo retruena en la estancia, el retroceso de la descarga me hace tambalear y el fogonazo me ciega moentáneamente; es igual: nadie ve ni oye. Arrojo el arma a un lado al tiempo que veo al músico llevarse la mano al pecho, horrorizado. Me dirige una mirada triste de incomprensión. Trece pisos antes de caer sobre un coche reventando las lunas en un estrépito que se disipa pronto en el oscuro silencio. Aún sostiene el violín en la mano izquierda y el arco en la derecha.

El gato, desde la penumbra de un rincón, me mira y sonríe. Cuando aparto la vista del felino advierto consternado que el cuerpo del violinista ya no está sobre el coche y que este está intacto.

La niña se columpia en el parque, su cabello rubio y el vestido blanco se bambolean al compás del vaivén. Ella no me mira: sus ojos son sombras.

El gato continúa observandome y sonriendo me guiña un ojo. Esta noche al menos dormiré... o no.

miércoles 22 de julio de 2009


Hombre solo en medio de las aguas, hombre-isla vulnerable, hoyado su suelo más nunca conquistado ni cartografiado. Inexplorado, desconocido. Ocasionalmente aprovechados sus puertos para recalar, avituallarse y calmar la sed por navíos errantes que en sus derrotas tropiezan con sus costas; nadie encalló jamás en ellas.
Vulnerable al asedio, el hombre-isla descansa su plácido sueño, fetal, ajeno, lugar de paso, coordenadas olvidadas de portulano antiguo, escala accidental, alto incidental.
Una nave lo circunda buscando una cala calmosa donde fondear; se acerca, vira, se aleja, regresa, torna a rodearlo y vuelve a alejarse. En un principio el hombre-isla desconfía, pero termina ofreciendo, generoso, sus radas como abrigo. Por fin arriba, atraca y ancla. Toma posesión, lo explora, conquista, domina, construye y transforma.
Se surte y llena las bodegas para finalmente levar anclas y continuar su periplo. Se marcha, se aleja. Vira su proa en alguna ocasión hacia él, retomando después su rumbo hacia el sur.
Algo de aquel navío queda en él, guarnición ínfima dispuesta a evitar desembarcos e invasiones, apenas suficiente para mantener un recuerdo liviano del barco que ya se difumina en la calima, ocultándose tras el horizonte. Ahora habitado, esta presencia no mitiga el abandono ni consuela su añoranza.
El hombre-isla queda en medio del océano de nuevo solo, desnudo, mecido por las olas. Las caricias del viento ondulan su cabello crespo, el Sol le procura calor y dora su piel.
Sonríe y se encoge arrebujado al abrigo del agua oceánica.

lunes 20 de julio de 2009

De nada le sirvió negarlo.


De nada le sirvió negarlo. Ante la evidencia, ni siquiera ella realmente estaba convencida de que sus excusas fueran a servir de algo. Se agitaba intranquila de pie ante mi y no paraba de frotarse las manos. El sudor perlaba su frente. El día en que me percaté de todo, primero me asaltó la duda, luego la sorpresa, después el desconsuelo y finalmente el despecho y la ira. Pero había tenido el tiempo suficiente para serenarme, pensar y, por así decirlo, elaborar una estrategia. Ahora, aun dentro del dolor, incluso encontraba cierto placer en verla azorada, balbuceando explicaciones incoherentes y tratando de huir de la situación, zozobrando. Seguí hostigándola levemente, saboreando ese íntimo placer de verla aturdida y agitada en la tesitura en que tantas veces me había puesto ella a mi.
Inspiré profundamente; lo que iba a decir era sumamente doloroso para mi:

-Quiero que te vayas ahora mismo. Ya.
-¿Ahora?
-Si, ahora, en el próximo tren.
-Pero…
-Y si no hay tren, te busco un hotel donde pasar la noche. Recoge lo necesario, el resto te lo enviaré mañana mismo- me temblaban las piernas al decir aquello.

Balbució un par de excusas sollozando: que estaba a mitad de curso, que debía terminar sus prácticas, que no podía dejarlo todo así, a medias. Hablaba sin seguridad, como sabiendo que sus palabras no tendrían efecto alguno en una decisión ya inapelable. Sin embargo, la expresión de su rostro no concordaba con lo que sus palabras querían dar a entender: su actitud era orgullosa y altiva; parecía estar encarnando un papel aprendido de memoria y representado sin convicción.
Pero esta vez yo creía tener al toro por los cuernos, me sentía preparado y seguro, y actuaba con aplomo:

-Demasiado será que te acerque a la estación y cuando pueda te envíe tus cosas.

Conduje despacio a lo largo de la autopista, pasando de una marcha a otra con parsimonia, siempre por el carril de la derecha, intentando aparentar una templanza que se había ido desvaneciendo hasta casi desaparecer desde que saliéramos del apartamento. No cruzamos una sola palabra en todo el trayecto. Detuve con suavidad el coche en la misma entrada de la terminal, y me limité a aguardar en silencio con las manos apoyadas en el volante, mientras ella sacaba su escasa impedimenta del portabultos. Sólo desvié la mirada del frente un instante, lo justo para ver como las puertas automáticas se abrían franqueándole la entrada, mientras caminaba con desgana arrastrando la maleta y los pies, la cabeza agachada y la mirada puesta en el suelo. Cuando las dos hojas de espejo se unieron de nuevo, observé mi propio reflejo en los cristales y en él la soledad y el desamparo. Subí el volumen de la música, metí primera y arranqué en dirección a la salida de la ciudad con un nudo en la garganta que en seguida se convirtió en un sollozo y finalmente en un torrente de lágrimas. En la radio, Black Sabath tocaban N.I.B.
Supe que desde ese momento todo iba a ser más sencillo, pero también más duro. No me dolía la traición, sino la soledad o el temor a ella.
Un oscuro y pesado desánimo se instaló en mi, y es desde entonces una carga que aún no he conseguido aliviar del todo, aunque la haya aprendido a tolerar.
Otra vez la estación como punto de partida.

Tren en invierno.

Edificios modernistas de la antigua infraestructura ferroviaria jalonan las vías. Arquitectura monótona pero hermosa a su manera; monótona porque el estilo es invariablemente el mismo en todo el trayecto, incluso diría que en toda la red de ferrocarriles del país, y hermosa en su arquitectura inconfundible. Estaciones, silos, almacenes, depósitos, viviendas de ferroviarios, puestos de guardagujas. Me llama la atención la manera en que el progreso ha ido relegando todo aquel bullicioso entramado a un olvido que por otra parte no deja nunca de estar presente, siempre a la vista acompañando al tren en su avance y su evolución. Instalaciones que decaen y envejecen mientras su alrededor se desarrolla con pasos de gigante. Lo viejo, lo inútil, lo prescindible va quedando en los márgenes mientras el convoy siempre mira hacia el frente.

Hoy la nieve oculta el escombro y el hierro oxidado con una capa uniforme que suaviza las formas, rellenando huecos e igualando prominencias. Cuando el trazado de la vía obliga al convoy a trazar una curva, veo desde la ventana cómo la locomotora levanta altas olas de polvo de nieve descubriendo rieles y traviesas en su monótono traqueteo hacia adelante, siempre hacia adelante.

El ferrocarril es un mundo en sí, un universo paralelo de varios metros de ancho pero infinito en su longitud. Ajeno al exterior, le sirve de conexión. También al exterior este submundo le es ajeno; el pasajero es su habitante efímero y deja de ser su poblador cuando abandona el andén. Más mientras se encuentra dentro, lo tiene presente y se siente morador aún en su nomadismo.
El tren me aleja del lugar al que me dirigí un día, convirtiendo así el destino en origen. Lo que un día fue fin hoy es principio: esa es su grandeza. El lugar hacia el que me dirijo tiene tanto de concreto como de incierto, y aquellas estaciones que dejo atrás se convierten en abstracciones en el momento de sobrepasarlas. Quizá si un impulso me impeliera a abandonar el vagón en una parada, descubriría otros designios que me son vedados en el momento en que se reanuda el viaje: ya nunca hoyaré esos mundos, quedaron atrás.

martes 7 de julio de 2009

Ojalá me hubiera dado cuenta antes


Así sonaban ayer sus palabras. Pero después, sin percatarse apenas, todo había cambiado. Hacían el amor mecánicamente, como dos desconocidos que se procuran el uno al otro un momento de placer y descarga. Lejos de aquel ritual orgiástico de besos, embates y gemidos de antes, lo que ahora hacían era meramente mecánico. Follaban como dos desconocidos, indolentes, en busca de alivio; después media vuelta y cada uno a su lado de la cama, como si una línea invisible dividiera el lecho, desuniéndolos, alejándolos: una frontera tácita, una veda. Sin palabras, sin caricias, sin tan siquiera un reproche, permanecían así durante horas mirando al vacío. En alguna ocasión la oyó sollozar, aunque no alcanzaba a comprender el motivo de ese llanto, si desamor, desconsuelo o vergüenza. Es posible que accediera a sus deseos como una forma de mantenerlo consigo, de corresponder con el sexo a las atenciones que le dispensaba, o como una especie de compensación por continuar viviendo a sus expensas.
No tuvieron jamás una pelea. Comían en silencio, frente al televisor encendido (antes no solían ver la televisión). Las pocas palabras que intercambiaban eran las necesarias para convivir, ya no compartían las largas charlas que entonces, los comentarios del último libro leído (tenían los mismos gustos literarios), la última película, la política o el medio ambiente. Cada cual se había aislado del otro en su coraza y habían dejado de compartir. Compartir en términos absolutos, como en otro tiempo. Poco a poco se iba formando la idea de que los escasos gestos que aún tenía para con él eran los estrictamente necesarios para evitar la rotura del frágil hilo que les mantenía unidos. Solamente un intercambio, una transacción. Andando el tiempo, iba estando cada vez más convencido. Ya todo se podría resumir en una sola palabra: hastío.

No había estado atento a las señales o no quiso verlas, pero ahora era ya tarde. Y la manera en que se precipitaron los acontecimientos fue mucho mas dolorosa que si hubiese querido darse cuenta antes. Sin embargo, cuanta más indiferencia notaba por parte de ella, mas aún se volcaba en complacerla. La colmaba de atenciones, siempre pendiente de sus necesidades y cada vez menos de las propias. Nada parecía ser suficiente.

Hasta que una tarde regresó a casa y le golpeó la certeza de lo esperado: la encontró vacía. No desocupada de objetos, sino de presencia, un vacío negro y profundo de soledad. No se molestó en buscar una nota, una señal, una explicación. Hacía mucho que temía ese momento y por lo tanto lo aguardaba. Se limitó a dejarse caer con desgana en su sofá del rincón, junto al mirador y la biblioteca, desde donde solía observar las nubes teñidas de sepia por las luces de la ciudad. Desde el quicio del ventanal el gato le miraba con gesto afligido, la cabeza ladeada, como queriendo decir: “yo sí estoy aquí, contigo”. Y en ese momento le aplastó como una pesada carga el miedo a la soledad, la incertidumbre de un presente y un futuro deshabitados de ella.


Había desaparecido toda certeza.

lunes 27 de abril de 2009

No soy poeta.




Dejo de escribir, aquí y ahora.

¿A quien interesan dolor y delirio?
¿Quien ansía desvarío?

Soy sólo una mente trasnochada,
harta ya de visitar lugares comunes
y vomitarlos en el papel,
contaminando la pureza con negra bilis.

La pluma detesta ya toda inmundicia
que un cerebro astroso y mugriento le dicta,
y pide a gritos el suicido literario:
que el poeta fenezca antes del alumbramiento.

Beber las lágrimas,
contener el lamento,
trasiego de duelos sin significado,
ebriedad de deterioro esencial.

Todo eso, si:
todo eso y más,
mas no en estas páginas:
no merecen tanto despojo.


Ellas carecen de culpa.

Como tú.

jueves 16 de abril de 2009

Poesía (uni)versal.

Cómo me hubiese gustado escribirte un beso.

La foto

Apenas fue una fracción de segundo. Vio la fotografía de reojo, en su visión periférica, pero no dudó de lo que había percibido. A la perplejidad siguió el regocijo: no había sido producto de su delirio. Era cierto.
-Te pillaré, jodío, la próxima vez estaré más atento, te cogeré descuidado. Ya verás.

miércoles 15 de abril de 2009

El poeta




El poeta solamente escribió versos tristes. Escribió poemas. Poemas y cuentos. Tristes, melancólicos, desgarradores. Cada vez que se ponía a garabatear el papel… tinieblas.

Tuvo una ferviente legión de admiradores que devoraban sus cuentos y su poesía, los editores lo asediaban, cada nueva obra se agotaba en cuestión de días, las ediciones se sucedían.

La poesía hizo al poeta colosalmente famoso y profundamente infeliz. Quiso escribir felicidad, provocar sonrisas, cantarle a la vida y al amor, al mundo y sus habitantes, al recogimiento del alma frente a un atardecer en el mar; quería escribir alegrías, besos, amaneceres, primaveras…

El poeta dejó de escribir. A tomar por culo. Que se jodan aquellos que disfrutan de un alma herida.

Ahora se dedica a vivir sus sueños. Recorre el mundo chupando candados, alicatando botijos, corriendo detrás de los aviones… disfrutar de los auténticos y profundos placeres de la vida.

La última vez que supe de él, se encontraba en un lejano país. Junto a una jubilosa carta me envió la fotografía de un candado. Un enorme, cromado y apetitoso candado, de los que ponen las glándulas salivares a trabajar sólo con verlo. Qué jodida envidia da el poeta.

Ya hace muchos años que no se de él.

¡Sigue acariciando tus sueños allá donde te encuentres, poeta!

Manda huevos.
[Sólo después de escribir estas palabras supe que el poeta había muerto. Alguien lo encontró en algún lugar recóndito con la lengua pegada a un hermoso candado... que calusuraba una valla electrificada]

Hoy hablé con el mar.


Hoy hablé con el mar, el vasto océano me oyó:
percibí que escuchaba atento mi dolido mensaje.
Paciente, me acariciaba los pies con olas efervescentes
oyéndome musitar con pasión desgarbada.

Y guardé silencio.
Y el mar me habló.

Sus palabras perdidas entre la rumorosa espuma:
sonidos no articulados de mi pensamiento sangrante.
Y amoroso continuaba arrullándome,
poniendo oídos a al ardor de mis versos llagados.

Y guardé silencio.
Y el mar me habló.

Si, el océano ha sentido la expresión de mi duelo,
como un padre bueno que escucha a su hijo llorar.
Y me ha mecido con su apaciguador murmullo.

Y guardé silencio.
Y el mar guardó silencio.

[El mar no habla, so cretino,
son los ecos de tu errada esencia purulenta,
que resuenan inconscientes de una realidad
que no te atenaza, sino que te libera.]

Es cierto, ¡oh, voz que no sé de donde vienes!
Voy a echarme unos tragos y meterme una raya
mañana, con el alba, veremos de otra manera,
más tenebrosa y desmoronada si cabe.

[Será mostrenco…]

jueves 26 de marzo de 2009

Cosecha el día


Anita sale a la puerta del apartamento para despedir al hombre. Apoyado su hombro en el quicio de la puerta, sostiene por un momento la mano de él entre las suyas, entre las que se desliza suavemente. Lo ve alejarse por el largo pasillo enmoquetado, conteniendo apenas una lágrima. Al llegar a la escalera el hombre se gira y le dedica una sonrisa discreta antes de desaparecer tras la esquina. En los ojos de ambos se vislumbran trazas de amarga tristeza, pena de querer y no poder, o de poder y no querer.
Anita ama a ese hombre. Se ha enamorado profundamente en cada visita, en cada encuentro, en cada despedida. No es un hombre como los que ha Anita ha conocido. Sus modales, la suavidad al hablar, la forma en que le hace el amor (si, Anita siente que ese hombre le hace el amor), la pena y la tristeza insondables que se leen en su rostro. Anita sueña con una invitación, una nota, un mensaje. Sueña que sale con él, que van al cine, al parque, a la playa. Sueña que lo besa, que despiertan juntos en un amanecer luminoso entre sábanas blancas, flores y café caliente. Pero lo único que hace es conformarse con esperar la siguiente cita. No cree ser merecedora del cariño de un hombre como éste: Anita es puta. Entre su mundo y el de él hay un abismo que ella no cree poder salvar. Una vez a la semana, sus dos universos se unen brevemente; un par de horas en las que las leyes de la física se confunden y permiten que durante un corto espacio de tiempo Anita sea feliz con el hombre que tiene esa forma tan especial de comportarse con ella, de tocarla, de abrazarla, de penetrarla, de mirarla. De mirarla… nunca nadie había mirado a Anita de esa manera después de correrse.
Anita llegó a Las Palmas desde un país mucho mas al sur, en busca de una vida que en su tierra era sólo sueño. Pronto se dio cuenta de que los hombres la miraban con codicia, ambicionando su piel dorada, la firmeza de sus muslos, la dura redondez marmórea de sus tetas y sus ojos de miel. Alguien le hizo una propuesta. La reticencia inicial se convirtió, salvado el pudor de la decencia, en una vida de abundancia, dinero, lujo, restaurantes caros y ropa de diseño. No necesita trabajar demasiado, pues sus servicios son caros y la clientela muy escogida, casi toda fija.
Pero ha conocido a este hombre, y todo este cosmos se ha destruido. Entra en el recibidor y cierra la puerta tras de si. Ahora sí, llora lágrimas tristes, lágrimas que contienen toda la amargura de ser quien no quiere ser. Aborrece el momento en el que el hombre saca de su cartera el fajo de billetes y se los pone en la mano.
Manuel se despide de la chica. Retira su mano de entre las de ella muy despacio, intentando prolongar el momento. Pero ha de irse. Camina desganado sobre la moqueta gris, mirando al suelo, las manos en los bolsillos. Antes de doblar la esquina y sumergirse en la penumbra de las escaleras, se gira y ve a la chica en la puerta, mirándolo; sonríe y sin esperar respuesta comienza a descender los escalones, despacio, pesadamente, abatido.
Manuel ama a esa chica. Se enamoró de ella en la primera visita. Su forma de hablarle, de mirarle y de hacer el amor. Sueña con invitarla al cine, a dar un paseo, tomar unas copas, pasar el día en la playa y terminar en su casa, los dos bajo las sábanas, prepararle café por la mañana, cuando el sol les despierte. Pero Manuel no se atreve. De alguna manera siente que sus dos mundos están demasiado separados. Anita es una mujer mucho más joven que él, culta, despierta, inquieta. Tiene una enorme biblioteca y muchas pinturas adornan las paredes de su estudio. Debe ser una mujer acostumbrada al lujo y el dinero, por lo que Manuel puede apreciar en su elegancia, su educación, sus modales, su casa... Seguro que tiene cientos de moscones, puede imaginárselos: forrados de dinero, engominados conductores de descapotables de color rojo y yates en el muelle deportivo.
Manuel últimamente no piensa en otra cosa que no sea la preciosa prostituta a la que visita una vez a la semana, por la que está loco perdido. Pero se siente poca cosa, le teme al deprecio, al desdén, al ridículo. Se siente miserable con su trabajo de mierda en la gestoría, un hombre gris, sin aspiraciones, con una vida anodina, un pasado aburrido y un futuro sin horizontes.
Manuel llegó desde la Península, hace años; tenía sueños, planes, ilusiónes, ideas… Todo ello se fue olvidando poco a poco, a medida que su vida se iba haciendo más cómoda. El sueldo fijo, el trabajo, la casa, la hipoteca, el coche… le fueron sumergiendo en la sociedad a la que un día había detestado, de la que se encuentra empapado, y que le empieza a ahogar. Cualquiera diría que la vida le sonríe: un buen sueldo con el que vivir holgado, su utilitario, su propio piso… No: para Manuel la felicidad consiste en otra cosa, aunque nunca da un paso: sigue arrastrado por la corriente, nunca se decide, no se atreve.
Hasta que conoció a la hetaira Anita. Ella le ha dado la vuelta a todo, le ha hecho reaccionar, ahora la sangre hierve de nuevo en sus venas. Baja las escaleras despacio, deslizando su mano por la baranda. Una lágrima de soledad y tristeza se desliza por su mejilla. Soledad y tristeza, pero también rabia, coraje consigo mismo. El momento mas triste es cuando saca el dinero del bolsillo de su americana, y sin contarlo se lo ofrece a Anita. En eso queda todo: una transacción, una compraventa.



Anita ya no recibe a ningún cliente los sábados: espera por Manuel. Y Manuel, puntual, todos los sábados toca el pulsador del portero automático exactamente a las diez de la noche, con un fajito de billetes en el bolsillo interior de la chaqueta.

viernes 13 de marzo de 2009

El niño y el mar




La primera vez que vio el mar tenía ya quince años. Aún recuerda cómo pasó la práctica totalidad de aquellas cortas vacaciones: sentado en la arena, observando embobado las olas, mirando el uniforme horizonte inabarcable. A la edad en la que comenzaba a ser hombre, volvió a ser niño; soñó lejanos mares, islas desiertas, veleros corsarios y fondos de fantasía. Fue entonces cuando decidió vivir a su lado, respirar cada día su brisa, oler la fragancia salada de la marea, oír las sirenas de los barcos entrando en el puerto, sumergirse a media noche en sus aguas, amar sobre la cálida arena.
Hoy vive en una isla, pero su sueño se diluyó en el ajetreo de la rutina diaria. Lo tiene a su lado, está rodeado por él, pero hace tiempo que le dio la espalda. Aquellos sueños fueron olvidándose, difuminándose ya perdidos en la desmemoria de los hombres que dejaron de ser niños.
En ocasiones pasa a su lado y percibe su esencia, algo se eriza en su corazón como un vago reflejo de lo que fue, más no sabe ya reconocerlo. Su niño está tan profundamente confinado que ni tan siquiera es capaz de hacer oír su voz. De tarde en tarde un reflejo, una ola, un aroma salino logran que su niño recobre parte de las ganas de salir, pero es su encierro tan recóndito que termina llorando impotente en su cautiverio.
Hoy el hombre llora frente al mar. No sabe por qué, de sus ojos brotan lágrimas saladas, lágrimas marinas que quisieran llegar a la orilla. No comprende que no es él quien llora: es su niño, que quiere correr hasta el agua, saltar, gritar, reír, jugar con la arena y la espuma, volver a sentirse empapado de agua y sal, arrebujarse en su seno, salir al fin de nuevo y de nuevo hacer feliz al hombre.
El hombre se incorpora, se seca las lágrimas y se marcha dando la espalda al mar: está sonando el teléfono móvil. Debe ser una llamada importante.

jueves 19 de febrero de 2009

Compañero de cordada




A varios cientos de metros de altura, lo único que te ata a la vida es un fino cordón umbilical de fibras sintéticas de sesenta metros de longitud. En el otro extremo, tu compañero de cordada. De él pende tu vida y de ti depende la suya. La confianza ha de ser total. En el momento de coser un seguro, la soledad es absoluta pero nunca se deja de sentir el estrechísimo vínculo de diez milímetros de diámetro que os une. Él debe conocer en cada momento tu situación, intuirla simplemente mediante la tensión de la cuerda y sus movimientos, aún sin verte; saber cuándo debe darte cuerda para progresar, evitando así que lastres con ella y tire de ti hacia abajo, si debe retener porque has caído o vas a hacerlo, si ha de recoger porque has superado un seguro o soltar lo suficiente para permitirte poner el último. Es éste un momento delicado: introduces un “friend” (curioso y apropiado nombre) o un empotrador en una fisura y mediante un corto pero enérgico tirón demandas cuerda a tu compañero de cordada; en ese instante tendrás varios metros de cuerda libre hasta el siguiente seguro, que pueden multiplicarse varias veces en función de la que necesites para llegar a pasarla por el mosquetón, de la elasticidad de la propia cuerda y de tu peso junto al del equipo que cargues. Todo ello teniendo en cuenta que el seguro aguante, lo cual no siempre ocurre.
En estas circunstancias la confianza a depositar en tu compañero de cordada debe ser plena, sin fisuras, total y absoluta. En cuanto aparece la más mínima duda, la escalada se malogra. No serás capaz de superar en condiciones aceptables un paso comprometido, la adrenalina se desbordará en tu torrente sanguíneo por encima de niveles admisibles, te bloquearás y el miedo podrá instalarse en tu mente haciendo insegura e incómoda la escalada. Llegarás a preguntarte qué coño haces ahí arriba. Nunca se descarta una caída, y en caso de accidente ambos os encontraréis en apuros.

La unidad básica de combate es el binomio. De nuevo, este vínculo os mantendrá vivos. El velará por ti, tu por él. Cubrirá con fuego tus avances, se mantendrá despierto, acechante mientras intentas descansar, abrirá bien los ojos y agudizará los sentidos en terreno hostil. No sois dos, sino uno. Sin él, estás muerto, sin ti, su supervivencia es casi imposible. Compartís alimento, agua, lecho, miedos, penurias, penas, alegrías y confidencias.
Otra vez es necesaria la más absoluta de las confianzas. Si ésta desaparece o se quiebra, olvídate de sobrevivir: habrá desaparecido la mitad de un todo que te mantenía en el mundo.

Por eso, amigo, no puedo permitirme el lujo de escalar grandes vías o entrar en combate en esta vida al lado de un compañero de cordada o un binomio en el que no pueda depositar mi confianza más firme. Lo mismo debo esperar de él: si no merezco la suya, jamás podremos escalar o combatir juntos. Si lo hacemos, estaremos ambos en grave peligro.

domingo 11 de enero de 2009

A pecho descubierto



En este lugar todo es miseria, ruina, destrucción y humo. Convivo con lo que queda de los cadáveres en descomposición que pueblan esta trinchera. Ya no queda nadie, hasta las ratas han desaparecido.

El silbido de los obuses ya no sobrecoge. A decir verdad, desearía que uno de ellos impactara de lleno en este agujero inmundo y acabe de una vez con este suplicio. No me caerá esa breva.
Un solo cartucho queda en la recámara. He estado tentado de llevarme el arma a la sien y terminar, pero no consigo reunir el valor o la cobardía necesarios para ello. Las carga el diablo y las disparan los tontos; no seré lo suficientemente tonto. O si: de lo contrario, no habría llegado hasta aquí.
De vez en cuando cesa la lluvia de proyectiles, pero el silencio que le sigue es aún más tormentoso. Ya no se oyen voces, gritos de dolor, palabras de ánimo. No quedan ni pájaros, ni conejos ni árboles. Hasta el viento ha callado. El zumbido y posterior estruendo de las bombas al tocar el suelo desierto se reanuda con pasmosa puntualidad y me devuelve a la rutina.
No se ya que hacer. Pienso en la familia, los amigos, la novia que en estos momentos estará en brazos de otro hombre, alguien responsable, quizá un empleado de banco o un funcionario que le ofrezca la seguridad que ansiaba, sin sobresaltos, familiar, tranquila.

Quiero morir. Me acerco la pistola a la barbilla y otra vez el coraje me abandona.

Hoy he tomado una determinación: delante de mi una alambrada, un campo de minas, fosos y una tupida barrera de artillería pesada me separan de la vida, y voy a atraversarlos.
Me pongo en pie, suelto el fusil, lanzo lejos la pistola, arrojo tu fotografía al barro teñido de sangre y me despojo de mi guerrera.
Salto, salto y corro con toda la energía de mis debilitadas piernas. Detrás de este infierno me espera la vida con los brazos abiertos.

Corro, corro y corro, los brazos en cruz, a pecho descubierto.

Humilde homenaje a Juan José Millás


Sigo intentando penetrar en el mundo que veo al otro lado del espejo. No desfallezco en la perseverancia de atravesar la línea que separa este universo de aquél que se encuentra bajo las plantas de mis pies. En ocasiones, cuando nadie me ve, me introduzco en el armario durante unos minutos, con la inútil esperanza de, al abrir la puerta, aparecer transportado en un dormitorio desconocido, en cualquier rincón del mundo. Otras veces, espero encontrar dentro del mío a uno de estos viajeros de ropero.

Sé que esos mundos paralelos a el nuestro existen, porque tu me has hablado de ellos. Por eso persevero.

Ayer tuve la capacidad y la oportunidad de hacerlo, pero hoy únicamente me siento tonto, muerto, bastardo e invisible.

En fin.

sábado 10 de enero de 2009

Estar solo, sentirse solo.


El humo y el ruido inundan el local.

Estás sentado, acodado en la barra; lías un cigarro y le das un sorbo a la copa. Miras el televisor colgado en la pared, da igual lo que pongan porque no lo ves. El tiempo en ti discurre de manera diferente al exterior; la gente habla, ríe, gesticula y bebe, pero las manillas de tu reloj giran despacio.
En tu imaginación, una mujer se acerca con un cigarro entre los dedos, en busca de fuego, quizá una conversación, una sonrisa… Sexo fugaz, quizá una nota y un número de teléfono sobre la mesilla. Pero la realidad te golpea: no pasa nada, nunca pasa nada.

Pides otra copa, otra y otra. Sigue sin ocurrir nada.

De vez en cuando, alguien te mira: cruce de miradas esquivas.

Finges interés hacia el televisor: un partido de rugby. Por Dios, rugby, ¿desde cuando?

Consultar la hora, mirar hacia la puerta cada vez que entra o sale un cliente, fingiendo no estar solo, que no se perciba que estás solo, que esperas. Pero no estás solo, es peor: te sientes solo. Soledad que duele y atormenta.

Apuras la copa, pides la cuenta.

En la calle el frío es intenso, está helando. No importa: es menor que el frío que sientes dentro.

Tus pasos son vacilantes, desequilibrados por el alcohol y la desidia. Tu mirada turbia. La calle está helada y desierta, como tu espíritu.

Cuando llegues al rellano, introduzcas torpemente la llave en la cerradura y penetres en la oscura soledad de tu frío apartamento, nadie habrá esperando para recibirte, no habrá un beso, un "buenas noches", un "te quiero". Nadie te ofrecerá una sopa recalentada en el microondas ni se sentará a tu lado en el sofá, nadie te preguntará como fue el día.

Estás solo: te sientes solo, que es la auténtica soledad, la que duele, la que atormenta.

En fin

viernes 2 de enero de 2009

Cuadro de Rosa Marrero


De nuevo en la consulta del loquero. Ya hacía meses. El caso es que hoy me he fijado con más atención en el cuadro que decora una de las paredes de la sala de espera. Lo había visto en multitud de ocasiones, pero hoy cobró un fuerte significado.

Es una pintura de Rosa Marrero, artista grancanaria, en la que aparece un hombre-isla emergiendo de las aguas, en posición fetal. A su alrededor, un dédalo de derroteros que lo circundan, atracan y escalan en diversas partes del cuerpo.

Al sur de este hombre-isla navega, alejándose, un pequeño barquito que va dibujando con su estela un nuevo rumbo.

Sobre su cuerpo, regalos, heridas, cicatrices...
¿Quién es el hombre-isla? ¿Quién la embarcación?
Ahora yo lo se.

Al pie del cuadro reza lo siguiente;

“De cuando lo descubrió por casualidad.
De las vueltas que le dio.
De cuando se fue y volvió.
De cuanto pudo abastecer.
De cómo finalmente perdió el rumbo…
Dedicado a lo que sí damos”.
Rosa Marrero

Otro dia le hago una foto.
En fin, ya me toca.

miércoles 31 de diciembre de 2008

En el aeropuerto.


Siempre me ha gustado el ambiente del aeropuerto y su paisanaje: neohyppies de mochila y timbal, ejecutivos trajeados, viejitas que esperan su vuelo con una mezcla ansiedad y curiosidad, las manos en el regazo, turistas (pocos viajeros), etcétera.

Aviones que te llevan a tierras lejanas, lugares que uno desearía pisar.

Pero hoy no es así. Hoy no, porque este avión me lleva lejos de ti.

sábado 27 de diciembre de 2008

Todo es en ti, mujer.


Buscaba otros mares, otras tierras, otros caminos
otros cielos, distintas constelaciones
creía buscar el mundo fuera de tí:
auroras boreales, océanos helados.
Anhelaba saber, viajar, hoyar nuevas rutas
lenguas, razas, colores.

Creí que deseaba desatar mi alma viajera,
darle la vuelta al mundo,
sentir la brisa de la libertad en mi cara,
dormir bajo otras estrellas,
caminar polvorientos senderos,
solitarios y yermos campos,
verdes y fecundas praderas.

Mas… ¡cuán equivocado estaba!
aquellos mares, aquellas tierras, aquellos caminos
aquellos cielos y constelaciones
el mundo entero, todas sus gentes y sus lenguas
los había hallado ya en tus ojos.

Todo era en ti: todo es en ti.
Cuando caí en la cuenta,
era ya tarde para recorrer tu geografía,
tu hermosa geografía latiente,
tus valles, tus páramos, tus barrancos y caminos.

Mi alma errante deseaba viajarte,
penetrar en lo recóndito de tu topografía hermosa
paladearte, verte, sentirte, caminarte,
seguir tus derrotreros
(mi brújula orientada a tu norte).

Mas mi barca se encuentra ahora encallada
en las cortantes aristas de tu olvido
haciendo aguas que no consigo achicar
el agua hasta el cuello,
ahogándome lentamente en el océano de tu pasado.

Sólo me queda esta triste bitácora
en cuyo cuaderno llorar palabras ya sin sentido,
y mi astrolabio buscando tu estrella
ansiando reencontrar mi rumbo (hacia ti),
henchidas las velas hacia tu puerto.

Todo es en ti, mi mundo es en ti:
en tus ojos, mujer.

Aún me veo en tus ojos


Aún veo mi reflejo en tus profundos ojos
y el pasado se me antoja tan lejano
como se despierta de un feliz sueño
(o una pesadilla),
y una vez de regreso a la cruel vigilia,
el recuerdo es vago, y la sensación,
que permanece imprecisa
en la memoria nebulosa
de mi entristecido espíritu
putrefacto, corrupto, descompuesto,
corrompido ya sin tu beso,
devorado ya por los buitres.

viernes 26 de diciembre de 2008

Cuando




Cuando el Sol escapa tras el inabarcable horizonte
y tiñe de rojo y púrpura mis dolidas emociones,
cuando arracimo recuerdos y sensaciones
y en la oscura noche los desgrano (para mi desesperación),
cuando rememoro tu cuerpo caliente buscando mi sexo
y me encuentro solo entre sábanas frías y solitarias,
cuando el hálito suave de la mañana se me antoja tu aliento
y resulta no ser mas que el viento que se cuela por mi ventana,
cuando veo en mi maltrecha memoria tu alba sonrisa
y aspiro a gozar de tus labios entre los míos,
cuando siento tu húmedo sexo latiendo en mis dedos
y es sólo ilusión porque ya no es mío,
cuando oigo tu leve voz susurrarme obscenidades
y únicamente es el eco de los tristes demonios que anidan mi alma,
cuando saboreo el dulce licor de tu vulva madura
y todo es delirio de resaca: tabaco y alcohol,
cuando no te tengo, cuando te he perdido, cuando te siento lejana
advierto los siniestros moradores de mi torturada cabeza,
y trato de alejarte de ella, desterrarte para siempre de mi perdido juicio,
cuando… cuando… cuando… cuando…
y percibo que no puedo dejar de amarte,
¿cuándo me permitirás volver a ser tuyo, mujer?
¿cuándo?
¿cuándo?
¿cuándo?
Y mi voz se pierde disipándose entre ecos, en las montañas,
allí donde los guirres vuelan en círculo esperando mis despojos.

Hades



Descenderé a los infiernos
¿no estoy ya en ellos?
de la mano de Virgilio, atravesaré
las negras aguas en la barca del
siniestro Caronte,
y hallaré mi morada allá de donde no se regresa,
más en el reino de Hades te esperaré,
a la orilla del oscuro río.




¿Que puede doler tanto como para que un hombre se devore a sí mismo?

El título de esta primera entrada del bog se lo he tomado prestado a Ignacio del Valle, sin su permiso, y espero que me disculpe (no creo que llegue nunca a leer estas líneas, por lo que en realidad me la suda). Resulta que ahora me ha dado por sacar mis demonios mediante la escritura y la poesía, por lo que me animé a realizar un blog después de visitar la página de Creatura: paisanos de Illescas, músicos, dibujantes, escritores, poetas... en definitiva, gente de mal vivir a quienes leo con devoción y quiero hacer llegar mis mas fuertes abrazos desde las Canarias.
Este blog no nace con la idea de dar a conocer la mierda que escribo, sino únicamente como medio para vaciarme yo mismo, aunque, para ser sincero, me gustaría que alguien lo leyera y me expresara su opinión.
La pregunta interpretadla como queráis.
Lo dicho. Salud, camaradas, y por aquí nos vemos.