Pero ahora la materia de sus sentimientos estaba hecha de desprecio, asco y hastío. Y cada día que se sumaba al calendario de su vida en común no hacía sino acrecentar su rabia. A esto le habían llevado la indolencia, los desplantes, la falta de muestras de cariño, su indiferencia por ella. Y le había querido mucho, sin condiciones, casi con veneración, pero en otro tiempo. Ocurrió con tal lentitud, en un plazo tan amplio, que en realidad Martina no pudo darse cuenta sino cuando el desamor fue ya un hecho consumado, cuando nada pudo hacer para remediarlo. Cuando el cambio es tan paulatino como la variación del genoma de una especie, entre una y otra mutación apenas se observan diferencias, si es que pueden advertirse; pero al irse acumulando en el tiempo comienzan a ser patentes las divergencias, sin haber sido advertidas a lo largo de las alteraciones intermedias. Así mutó el amor de martina en odio.
Acabó el cigarro y con la colilla del anterior encendió otro.
Jorge sorbió con pausa un largo trago de cerveza, sin tan siquiera reparar en la presencia de Martina. No estaba borracho, aunque si en un ligero estado de ebriedad suficiente para aplacar su espíritu y mantenerlo pegado al sofá. No quería a Martina; no la había querido nunca. De ella lo atrajo su físico y su elegancia. Era exageradamente guapa y elegante, poseedora de un cuerpo que, sin ser demasiado voluptuoso: irradiaba una sensualidad, una atracción, un magnetismo fuera de lo común. Cuando caminaba por la Calle Real, las miradas masculinas convergían con unanimidad en un punto: el que trazaba la trayectoria de sus caderas avenida arriba. Lo que más animó a Jorge fue el hecho de que la pieza más codiciada y pretendida del barrio (y de la ciudad) se hubiese interesado por él, que nunca hizo un esfuerzo patente, todo lo contrario que el más que nutrido grupo de pretendientes, que formaban legión. Para rematar, Jorge se encontraba solo. Solo, solo. Del todo. Solo en casa, solo en su trabajo, solo en los bares, solo en la playa, solo en una ciudad extraña y distinta entre cuyos habitantes se sentía solo, rodeado de gentes con quienes no compartía nada, donde había llegado sin intención de quedarse, siempre en busca de nuevas perspectivas. Con ella fue entrando en una confortable rutina de citas, copas, restaurantes, cines, paseos, conversaciones banales y sexo, en un cómodo estupor, cálido estancamiento propicio a la putrefacción de sus aguas. Era lo más distinto a la vida que había deseado llevar él, viajero, aventurero, hombre de amplios horizontes y espíritu soñador que así dejó descomponer su mundo hasta que un día se dio cuenta del tufillo que la podredumbre de su existencia emanaba.
Manuel caminaba con su novia de la mano por la Calle Real. Bien vestido, la camisa tersa, estirada con un planchado impecable, tan justa y con el cuello tan abierto que casi dejaba asomar los enormes pectorales que pugnaban por romper los botones y remangada casi hasta el hombro permitiendo lucir unos poderosos bíceps. Los bruñidos zapatos relampagueaban a cada paso, aflojando el ritmo o incluso deteniéndose cuando su portador pasaba delante de un cristal donde verse reflejado, oportunidad que siempre aprovechaba para recomponer algún detalle de su aspecto o forzar los músculos en la medida adecuada para exhibirlos. Atendía con obsesión su fachada, cuidándose mucho de que las sumas que gastaba en la indumentaria comprada en las mejores boutiques de la Calle Real se viesen bien reflejadas en ostentosos logotipos.
Como siempre había querido lo mejor y Alicia era la chica más deseada de su instituto, le pareció natural no aspirar a un objetivo menos valioso. A la postre, era hija de uno de los mayores potentados de la ciudad, a quien desde niña nunca faltó de nada, desde los colegios más caros hasta los caprichos más extravagantes. Acostumbrado a obtener lo que le antojase, realizó el despliegue de toda la artillería de su donjuanismo hasta que, después de una larga serie de ofensivas y repliegues, conquistó su objetivo. Pero andando el tiempo no estaba tan seguro de haber hecho bien. Todo su afán era conocer a una chica, casarse, comprar un chalet con piscina en una urbanización del extrarradio, continuar con la tarea de amasar la pequeña fortuna legada por su padre y tener hijos que dieran continuidad al negocio familiar, como solía decirle su progenitor. Esos eran sus horizontes. Pero Alicia, incomprensiblemente, tenía otros. Lo que menos se explicaba Manuel era la falta de práctica de sus ideas. No le cabía en la sesera que se empeñase en viajar a aquellos países tan raros, tan sucios, tan polvorientos, a ver piedras viejas y comer potingues especiados hasta el delirio. No comprendía el entusiasmo que derramaba caminando hasta el agotamiento por aquellos senderos entre montañas y tierras de nombres tan difíciles de pronunciar, comiendo poco y descansando mal. Era absurdo que encontrase placer en dormir al raso expuestos a los insectos y las alimañas, pudiéndolo hacer en un buen hotel, al calor de una acogedora chimenea y disfrutando de jacuzzi, marisco y champán. La última extravagancia de su pareja lo tenía perplejo: le había propuesto comprar un buen velero -podríamos conseguir uno a buen precio aprovechando la crisis-, para lanzarse a la aventura durante un año –sabático, decía ella-. Joder, ¿es que no tienes suficiente con salir de vez en cuando a dar un paseo por La Marina, al cine, disfrutar los fines de semana de la playa, de unas copas en la discoteca, o de tus clases de equitación y música? Con toda la gente interesante que conoces gracias a mi: empresarios, políticos, altos funcionarios… no se, podrías sacarle algún provecho. En los mejores restaurantes, las mejores tiendas, los mejores locales nocturnos, en el club náutico –es cierto que no tenemos barco, pero es que allí nos codeamos con lo más granado de la ciudad-, nos llaman por nuestro nombre. ¿No estás satisfecha? ¿Qué más quieres?
Joder, tenía que haberme engominado más el flequillo… hostia, que camisa más chula, ¿te gusta? Voy a probármela.
Alicia entró en una tienda de ropa, de las más caras, cogida de la mano de Manuel. Una vez dentro del local aspiró una profunda bocanada de aire y la expiró en un clamoroso suspiro acompañado de un mohín de fastidio, haciéndolo muy evidente por si a alguno de los presentes no le quedaba claro que estaba allí muy a disgusto. La estirada dependienta le dedicó una mirada cargada de indudable desprecio, pasándola revista de arriba abajo y negando levemente con la cabeza, tras lo cual asió a Manuel del brazo y, deshaciéndose en elogios, lo acompañó a ver lo mas chic de lo mas cool –según sus propias palabras- de la última colección llegada de Italia.
Conocía a Manuel casi desde que aprendieron a hablar, sus padres solían hacer y recibir frecuentes visitas de los suyos, crecieron en la misma guardería, asistieron al mismo colegio y se graduaron en el mismo instituto. Pero nunca había albergado hacia él otro sentimiento que indiferencia. Llevaba toda la vida pavoneándose de sus musculitos, de sus éxitos como capitán en el equipo de fútbol local, del dinero de papá -que en realidad no era tanto-, de su apartamento en el sur (en primera línea de playa), de sus conquistas, de sus trajes, de su deportivo, en fin, de todo, porque lo que en realidad veía en él era eso: un pavo desplegando su cola de multicolores plumas. En ocasiones le parecía ridículo y payaso. Sin embargo, de improviso, Manuel le empezó a parecer otra persona: educado, atento, cariñoso y sensible, casi profundo incluso. Esta otra cara de la moneda que nunca había visto en él, la dejó descolocada e indefensa. Y poco a poco se la fue ganando con sus, en apariencia, recién adquiridos educación, atenciones, cariño y sensibilidad. Pero con el transcurrir del tiempo resultó ser todo espejismo y llegado al punto de inflexión de una hipotética curva ascendente hacia el corazón de Alicia, cuando él pensaba que ya estaba todo hecho y que su vida iba tomando el rumbo que más o menos había establecido, los valores que ella apreciaba comenzaron a decrecer, regresando gradualmente su personalidad a los niveles anteriores, a la rutina, banalidad, el egocentrismo, narcisismo y vacío que tanto asqueaban a Alicia. Tornaba a parecerle un ser ridículo y sin substancia, volvía a ver únicamente un penacho de plumas de irisados colores.
Martina pagó su cigarro mirando, desconsolada, a la gente pasar.
Jorge apuró la cerveza y apagó el televisor.
Manuel salió del comercio sonriente, alisándose el engominado cabello sobre las sienes, sin preocuparse en ceder el paso a su novia.
Alicia dejó cerrar la puerta tras de sí, aburrida y cansada, aliviada por la brisa fresca.
Martina alzó una pierna por encima de la baranda, luego la otra, y permaneció unos segundos suspendida de sus delgados brazos, de frente a la calle. Jorge, que no podía creer lo que estaba viendo, lanzó un grito de pánico y, saltando como impulsado por un resorte, corrió en dirección al balcón con el rostro desencajado. Ella, con absoluta tranquilidad, abrió las manos y se dejó caer.
Manuel, cargado de bolsas, alzó la vista al oír los terroríficos alaridos que procedían del balcón de una de las muchas torres que cercan la Calle Real, en el momento preciso en que un rostro hermoso y sereno se dirigía hacia él con la velocidad que le imprimía la fuerza de la gravedad. En esa fracción infinitesimal que medió entre ver aquel semblante angelical y ser espachurrado contra el adoquinado por aquel delicado cuerpo, supo con toda certeza que estaba ante la mujer de su vida.
Martina, en los momentos inmediatos al impacto, vio la expresión de incomprensión de Manuel viéndola venir hacia si y se enamoró instantánea y profundamente de aquél hombre, antes de precipitarse sobre el y morir en el acto.
Jorge se asomó al balcón profiriendo aullidos de desesperación, llegando a tiempo para ver la macabra estampa que ofrecía el cuerpo de su novia despanzurrado en la calle sobre el cuerpo de un hombre desconocido. A su lado, una mujer visiblemente traumatizada, lloraba y gritaba sin saber que hacer, observando la misma desagradable escena, impotente. Pero el destino continuaba jugando caprichoso: converger sus miradas y serenarse sus semblantes fue todo uno. Permanecieron mirándose a los ojos durante un tiempo confuso, sosegados, plenos de paz, contemplando serenos a la persona a quien ya, desde ese momento, estaban amando.
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(Recortar por la línea de puntos)
Final alternativo, para dar un poco más por culo a todos, no solo iba a joder a dos, ¿no?
De repente estalló la bomba. La onda expansiva recorrió la Calle Real en todas las direcciones, destruyendo todo lo que encontraba a su paso y segando la vida de varios cientos de personas en lo que aún se considera el atentado más sangriento e indiscriminado de la historia del país. El FPLJ reivindicó la masacre que asesinó el amor entre Jorge y Alicia.
















